viernes, 31 de mayo de 2013

Escuelas-internados: cómo Canadá intentó eliminar a sus indígenas


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Garnet Angeconeb, perteneciente a las Primeras Naciones, nos cuenta su historia de sobreviviente del sistema de escuelas-internados.
ERASMO MAGOULAS/ REBELIÓN – “El colonialismo toma lo que nadie quiere dar y da lo que nadie quiere recibir. El colonialismo responde a las preguntas: ¿De dónde venimos?, ¿Quiénes somos?, y ¿Hacia dónde vamos?, silenciando las voces de los nativos y llenando los oídos de estos con su discurso colonialista”, nos dice Shelagh Rogers, editora y compiladora de historias sobre el colonialismo interno en Canadá, “Diciendo mi verdad -Reflexiones sobre la reconciliación y las escuelas-internados”.
Las escuelas-internados de Canadá fueron una red de instituciones, pensadas para desarrollar un proceso gradual de asimilación, de los niños y adolescentes nativos de Canadá, pertenecientes a las Primeras Naciones (antiguamente llamados Indios), los Métis y los Inuits (antiguamente llamados Esquimales).
“Cuando niño, vivía con mi madre Mary, mi padre David, mis hermanos y hermana en el área del Lago Seul, en el Noroeste de Ontario. Fue un tiempo feliz de mi vida, pero en 1959, cuando tenía 4 años de edad, mi hermano mayor, Harry, fue llevado a una escuela- internado para Indígenas a 30 kilómetros de nuestro hogar. El tenía 6 años de edad. Este fue el primero de los muchos cambios que sucederían en mi niñez.”
Garnet Angeconeb, perteneciente a las Primeras Naciones, nos cuenta su historia de sobreviviente del sistema de escuelas-internados.
“…yo fui obligado a ir a la misma escuela-internado que mi hermano Harry, la escuela se llamaba “Pelican”. Me tuve que quedar en esa escuela hasta 1969, mi hermano mayor pudo salir un año antes. El mismo año que salió Harry entró mi hermana Florence, eso fue en 1968, luego les tocaría el turno a mis hermanos menores Ronald y Gordon. Mi padre también fue obligado a ser un interno, eso fue en 1927. Cuando el habla sobre el tema, sólo menciona el trabajo en la granja. Los “estudiantes” en realidad eran trabajadores agrícolas sin paga, la “enseñanza” era prácticamente nula, y la enseñanza religiosa era asistir obligatoriamente a misa.
Cuando dejé la escuela, en 1969, tenía doce años. Sepulté mis memorias y mis sentimientos de aquellos años por un largo tiempo. No quería hablar de aquello. Comencé a beber alcohol para apagar el dolor y la ira que sentía.
Una fría noche de enero de 1975, estaba reunido con mis amigos en un bar, todos tomábamos copiosamente, una botella de cerveza tras otra. “Oye Garnet, recuerdas a ese imbécil de celador que teníamos en la Pelican” me gritó Paul desde el otro lado del mostrador. “Sí, claro que recuerdo a ese infeliz. El tipo no tenía el apellido Hands de gratis. Por que no te olvidas de ese inservible pedazo de mierda. Si alguna vez me llego a encontrar con ese bastardo, lo mataré” le respondí a Paul.
Para finales de 1990, estaba en Ottawa, por un viaje de negocios. Tenía que encontrarme con un colega para desayunar juntos. “Mira el artículo en primera página, sobre el asunto de las escuelas-internados”, me dijo mientras sorbía su café. Efectivamente en la primera página del Global Mail, el Gran Jefe de la Asamblea de Jefes de Manitoba, Phil Fontaine, hacía pύblica la denuncia de abuso físico y sexual a que había sido sometido mientras fue interno de las escuelas para Indios. Cuando leí el artículo comencé a sentir un indescriptible dolor subiendo por mi cuerpo. Me costó mucho mantener mi compostura. Miré a mi colega y sin pensarlo le pregunté si él también había sido abusado en las escuelas para Indios. Su respuesta fue negativa. Creo que hubiera querido escuchar un “sí”, para tener algo en comύn sobre lo que hablar, sobre el legado de abuso, por parte de ese sistema de escuela-internado, que me ha perseguido desde 1969.
Pasando simultáneamente por un gran dolor y una terrible confusión mental, estuve en la duda de admitirle, a mi colega, que yo también, como tantos otros estudiantes, habíamos experimentado el abuso físico y sexual, mientras éramos residentes en las escuelas-internados. Yo estaba enfurecido por las cicatrices espirituales y psicológicas que me infligió a mí y a tantos otros nativos el trato colonialista y genocida de ese sistema.
Después de unos instantes de silencio, mi colega me preguntó; “¿Entonces, tu fuiste abusado en esas escuelas?”.
Le respondí que sí, que había sido abusado sexualmente. Le conté que un hombre de apellido Hands, que fungía como celador de la “Escuela-Internado Pelican”, y que se convirtió con los años en un sacerdote de la Iglesia Anglicana, había abusado de mí y de muchos otros internos durante los años 60’s. Fue la primera vez que le conté eso a alguien.
Yo estaba casado desde 1978 y nunca había hablado con mi esposa del asunto. Tenía dos hijos de ocho y diez años de edad, y tenía que explicarles el porqué de mi comportamiento errático, mis excesos con el alcohol y mis largos períodos depresivos. Continuar leyendo.
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